Tras descubrirse invadido con la dicha del amor, el señor de lengua marchita redoblo el paso, y por fin se encontró con el motivo de sus emociones... ahí estaba frente a el, rodeada de girasoles y colibríes, posada sobre una fina alfombra de un verde extraordinario, luciendo sus pies descalzos entre la tierna hierba, cubierta con un manto de bienaventuranzas, dejando al descubierto sus finas manos, y su bello rostro. Mictlantecuhtli, ansioso busco la mirada de aquella divina visión, mas cuando sus ojos se encontraron, el supo a quien tenia enfrente: Mictlantecihuatl, hija del mar y la luna, princesa de las noches claras, la que en el rostro lleva el resplandor de todas las estrellas del firmamento... Mictlantecuhtli, estaba anonadado ante la belleza de la princesa, jamás en su tiempo de soledad se imagino, que pudiese existir tal prodigio, ante lo cual, intimidado, se limito a esconder la mirada entre las bellezas que adornaban aquella estancia. Entonces, en su corazón se hizo escuchar la voz de la princesa, que en la enunciación no difería en lo más mínimo de la entonación. Sus palabras sonaron con deliciosa musicalidad dentro del ensimismado señor, poniendo de nueva cuenta la semilla de la serenidad en su silencioso interlocutor: "por fin has llegado, largo tiempo ha tenido que pasar para que algún habitante del mundo escuchara mi voz, y mas aun, tuviera el don de la sensibilidad para entender la naturaleza de mi canto... sin embargo estas aquí, y veo el espectro de la soledad acechándote, no temas, has llegado con quien te ha estado esperando desde antes que despertara la primera generación de la humanidad... "; tales fueron las palabras de la princesa Mictlantecihuatl, con las cuales arranco por completo los restos de la sombría naturaleza del señor Mictlantecuhtli. Entonces fue que de nueva cuenta se cruzaron las miradas, sin embargo en esta ocasión, no volvieron a separarse, siendo consumada la unión de aquellos dos, con el entrelazamiento de sus manos. Y así, Mictlantecuhtli el grande, dejo tras de si los títulos de señor del rostro sombrío y lengua marchita, entregándose a la amorosa contemplación de los dones que le habían sido concedidos. Mictlantecuhtli y Mictlantecihuatl estuvieron mas allá del tiempo entregados el uno al otro, bendecidos con la luz de las estrellas, prodigándose en ternura y mutua devoción, mientras alrededor de ellos, se fueron consumiendo todas las edades del mundo...

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